Luis J. Grossman, arquitecto Buenos Aires: el todo y las partes 23/02/98 El que escucha los programas de radio que se emiten por las ondas porteñas, que por lo general reproducen los llamados de sus oyentes, registrará una genealogía particular. En efecto, por una convención que ignoro, los radioescuchas no dan su apellido sino su nombre de pila seguido por su lugar de residencia. Como aconteció -dicho sea de paso- con muchos judíos europeos durante la Inquisición, que se llamaron Toledo o Segovia, Toledano o Romano, d'Anvers o Galicia. Al escuchar, pues, que se llama Betti de Palermo, Raúl de Almagro, Omar de Boulogne o María Emilia de Martínez, uno ve revivir la esencia del terruño que parecía difunta como consecuencia de fenómenos como la globalización y la desintegración del tejido urbano. Falta saber si en esos patronímicos hay la misma ligadura de pertenencia que hace cuatro décadas había con la barriada de uno: se decía "soy de Almagro" en tanto que hoy es más frecuente escuchar "vivo en Caballito". Es curioso que en una sociedad tan homogeneizada y volátil como se nos presenta la de los Estados Unidos, el primer interrogante que se da en cualquier diálogo (después de preguntar por el nombre, claro) es: de dónde eres? Después, según sea la respuesta habrá comentarios sobre el modo de conducirse, el acento u otro rasgo que dió origen a la consulta. En una palabra, se trata de la identidad y de la pertenencia, dos nociones poco desplegadas entre nosotros. Volver al barrio. Es así como el doctor Enrique Olivera, vice-jefe de Gobierno de la ciudad, tomó a su cargo la misión de estructurar la descentralización porteña. Se planearon, en principio, diez y seis Centros de Gestión y Participación (CGP) como centros de otros tantos territorios capitalinos. Hay un ejemplo más cercano que el de los arrondisements parisinos, las cities londinenses o las comunas de Santiago de Chile, que nos provee el gobierno cordobés. El intendente Rubén Martí, de Córdoba Capital, en el programa de "desconcentración-descentralización" de su ciudad, impulsó las obras para construir diez centros de participación comunal (allí la sigla es CPC) en otros tantos distritos de la capital cordobesa. Claro que no todo se resuelve con una sede administrativa. Son muchas otras las demandas a satisfacer para recuperar la ya citada noción de pertenencia. Por una parte, esto Olivera y Martí lo tienen claro, hay que mejorar la atención de los vecinos, fortalecer la capacidad de decisión para impulsar la participación ciudadana. En sus proyectos de
Córdoba, el arquitecto Miguel Angel Roca, además de las
oficinas de atención rutinaria (pagos, cobranzas,
mediaciones, etc.) propone lugares de encuentro y
actividades culturales con la intervención de
universitarios. No hace mucho pusimos el acento en la creciente tendencia a "trabajar en casa" mediante el progresivo apoyo de recursos electrónicos conectados con las oficinas centrales. Ya es habitual, en los EE.UU. y en España o Francia, que un diseñador o un computista, un abogado o un contador, trabajen en su pantalla en paralelo con la computadora de su empresa y no deban viajar más que una vez cada quince días. Esta modalidad ayuda a ahorrar combustible y contaminación, tiempo de viaje, dinero y lugar de estacionamientos. Pero puede originar conflictos familiares si el (o la) interesado/a se ve privado de un esparcimiento gratificante cerca de su domicilio. León Krier opinó al respecto que "todas las cosas que uno necesita deberían estar a diez minutos de caminata de nuestra casa". Y se refería, obviamente, al abastecimiento básico de revistas, libros, servicios, cafetería, cultura. Por eso sostengo obstinadamente -sin eco por ahora, aunque más de un funcionario asiente con la cabeza al escuchar mis argumentos- que todo barrio que se precie debería contar con un área peatonal. Sería la versión moderna del ágora ateniense, con bancos para sentarse al sol o a la sombra, conversar y discutir, leer el diario; carteleras de actividades barriales, debates, audiencias públicas por problemas que atañen a los vecinos, funciones de cine y teatro, recitales. Sería una manera, además, de atraer a los jóvenes del vecindario en una suerte de "vuelta al perro" moderna, a la salida de los colegios. Mezclar a las generaciones en controversias y coincidencias, restablecer el tejido social... Porque el todo es sano y vigoroso, se sabe, en la medida que lo son las partes. |
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