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Arquitecto Luis Grossman
Los "estilos" y la moda
23/02/98

No hace falta ser demasiado psicólogo para detectar el estilo de una persona. Se puede advertir en su modo de vestir, en el caso de las mujeres en las alhajas o accesorios, en la conversación y en sus gustos por las artes.
Más aún, si se tiene acceso a los papeles que nuestro personaje garabatea mientras habla por teléfono, esos trazos darán idea cabal de su estilo; de acuerdo a ellos lo calificaremos como alguien con tendencias clásicas o barrocas, más inclinado a la austeridad de las formas rectas y a una geometría rigurosa, o cuativado por las curvas voluptuosas, las líneas irregulares y sorpresivas. Estas pistas son casi infalibles.

Recuerdo, por ejemplo, y no es una infidencia, que el arquitecto italiano Franco Purini (muy conocido por sus textos y por la pulcra geometría de sus obras) sólo dibujaba, mientras hablábamos, cuadrados, de diversos tamaños y en diferentes posiciones; los cuadrados eran absolutos protagonistas de sus intrincados diseños espontáneos.

Estas inclinaciones debieran ser expresadas (no siempre lo son) por los destinatarios de nuestros proyectos, porque en definitiva son rasgos de quienes han de habitar por muchos años los espacios que nazcan de nuestros planos.

Error básico.
Son muchos los casos en los que el propio sujeto abjura de su estilo en mérito a adoptar una pose o un "status". Es entonces que se dirige al arquitecto para pedirle una casa "estilo normando" o un interior "estilo Luis XVI", en muchas ocaciones se puede pedir una cocina moderna, una recepción inglesa y el dormitorio francés.

Esta esquizofrenia formal parte de un error básico: el de no reconocer la época en que se vive, suponiendo que la historia se vive irremediablemente hacia atrás y que sólo goza de prestigio auténtico lo que se registra en el pasado.

Como estos conceptos son de naturaleza muy superficial, no es imposible actuar sobre ellos y procurar una visión creativa para adecuar el estilo genuino del cliente (ése del que hablabamos al comienzo) con la atmósfera en la que aspira vivir.

La paradoja, en el caso de algunas arquitecturas y en muchos diseños de interiores (en particular el de algunas cadenas de hoteles internacionales de alto nivel) es que se ponga de moda el uso de lenguajes antiguos, es decir, muy pasados de moda, si entendemos por moda el "modo del tiempo en que nos toca vivir", aún cuando esa palabra alude con preferencia a "trajes, telas y adornos".

En este sentido, es difícil medir el daño que prefiere en los lectores corrientes (y no tanto) la visión de ciertas casas de "ricos y famosos" con su carga escenográfica, historicista y superficial. En muchos casos, ni siquiera se trata de las residencias de tales "personajes" sino que son mansiones alquiladas para sacar fotos que se imprimirán en esas revistas frívolas y banales.

Reconozco que es válido, y puede ofrecer atractivos resultados estéticos, incorporar un excelente mueble de otra época, una noble antigüedad, en un ambiente contemporáneo. Hay que admitir, por otra parte, que no es fácil encontrar un asiento actual que reemplace con ventajas al sillón Chesterfield. Pero disfrazar un espacio con todo el repertorio estilístico "a la manera" del tiempo en que se diseñó y construyó aquella antigüedad, es un anacronismo y una mentira.

Ser auténtico.
Ni estilo ni moda son -en sí mismas- palabras objetables. No es éste el espacio para debatir a fondo en torno a estas nociones, pero me parece que ni Alvar Aaalto ni Frank Lloyd Wright, ni los Saarinen (padre e hijo) ni los Scarpa (padre e hijo) se sometieron a moda alguna. Fueron creadores fieles a los lenguajes, demandas y formas de vida de su tiempo. Del "tiempo en que les ha tocado vivir".

Los que lean eventualmente estas líneas en su pantalla, comprenderán que en la era de la computadora y el televisor, de las comunicaciones satelitales y los aviones supersónicos, colocar arañas de caireles y molduras y cornisas que se venden por metro lineal, es una penosa burla a la creatividad, la imaginación y la vitalidad de los arquitectos y decoradores de hoy.

Es comprensible que algunos prefieran la línea de los automóviles europeos (Mercedes, BMW o Rover) a la de los norteamericanos. O es razonable también que haya admiradores fanáticos de la aerodinamia de los coches japoneses y sus curvilíneas carrocerías. Pero a nadie se le ocurriría decorar "en estilo de época" los interiores de tales vehículos contemporáneos. Sería un desatino, un gesto "kitch", absurdo.

Sin embargo hay ciudadanos que viajan en esos automóviles ultramodernos, con aire climatizado y música cuadrafónica, se comunican mientras tanto con teléfonos celulares y manejan controles computarizados; bajan de esos vehículos y se introducen sin transición en una residencia francesa del siglo dieciocho, con molduras doradas y puertas con herrajes de museo. Faltarían las pelucas y las libreas para estar realmente en ambiente. Un mamarracho. Una esquizofrenia patológica.

Sería bueno reflexionar para habitar con más coherencia en el "tiempo en que nos ha tocado vivir".


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