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La arquitectura de siempre
Arq. Luis J. Grossman

En el origen
Parece redundante o blasfemo aludir a un hecho de la Naturaleza, pero es preciso decir que mucho antes de que los primeros seres humanos intentaran ligar algunas ramas para formar un cobijo ante las inclemencias del tiempo, muchas especies animales ya practicaban las artes de la edificación.
En esta parte de América, por fortuna, tenemos muy cerca al primer autoconstructor en adobe, que no es otro que el hornero. Esta pequeña ave de color terroso dicta una perfecta lección de construcción sólida, funcional y estable cada vez que levanta uno de sus nidos cuasiesféricos.
Hay otra lección implícita en la obra de los animales: la utilización de los materiales disponibles a su alcance y la combinación de los mismos para formar otro compuesto (es el caso del hornero) con propiedades superiores a las de sus componentes por separado.
Es razonable suponer que los hombres primitivos utilizaron como base algunos ejemplos tomados de animales constructores. "Es improbable -dice Rudofsky- que a los castores se les haya ocurrido la idea de construir sus represas al observar a los humanos en la misma tarea. Posiblemente ocurrió a la inversa".
La última observación parece un exceso de prudencia investigativa, ya que resulta a mi juicio demasiado evidente que el hombre primitivo, carente de más fuentes de información que las que le ofrecían sus sentidos, observara con interés y curiosidad las conductas y procederes de muchos animales que lo rodeaban como condóminos del medio natural.
Pero además de los árboles y arbustos (refugios naturales para hombres y animales), la Naturaleza ofrecía otro tipo de refugios, según fuera el escenario geográfico. Así, las fuerzas de la erosión provocada por los vientos y las aguas modelaron paisajes pétreos hasta convertirlos en raras esculturas rocosas en las que se guarecían poblaciones enteras.
Cuando tuve ocasión de conocer los contornos del Mar Muerto, al observar la escarpada topografía de sus alrededores, era fácil suponer que las numerosas cavernas como profundos agujeros en la piedra fueron utilizadas como viviendas, templos y depósitos por el pueblo de la Biblia.
Paraíso de los arqueólogos, esas cuevas son para algunos ensayistas y escritores de ciencia-ficción, los posibles últimos refugios de la humanidad post-nuclear.
Esta visión lúgubre y fatalista no deja de tener una óptica comprensible para un arquitecto -por encima del posible sarcasmo- y es su simetría entre comienzo y final.

Algunos ejemplos


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