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La utopía de cada día
Arq. Luis J. Grossman

La noción de utopía es, desde hace mucho, relativamente vaga y ambigua. Si nos remitimos a su origen griego, la palabra alude a un lugar que no existe, pero, a partir del célebre libro del inglés Tomás Moro, en el que describe una república imaginaria, el térmico fue ingresando en el campo de la poesía y se cargó con el colorido de la fantasía.
Por muchos años se tradujo utopía como "plan, proyecto, doctrina o sistema promisorio pero irrealizable". En el campo de la política suele hablarse de planteos utópicos al aludir a propuestas halagüeñas, atractivas, pero de imposible concreción dentro de las condiciones imperantes. La demagogia suele incurrir en promesas almibaradas de imposible materialización, por lo menos en los términos razonables (algo así aconteció con promesas como el "salariazo" o la "revolución productiva").
El giro económico-político que se verificó en la última década en casi todo el mundo, después del fracaso del así llamado "socialismo real" (nadie pudo identificar al otro socialismo), colocó a la utopía en situación desfavorable, perdiendo así la estimación de que gozaba incluso entre los jóvenes. Esto último devino en una devaluación de la fantasía y la imaginación hasta extremos deplorables, si lo juzgamos desde una perspectiva poética.
De lo dicho hasta ahora quiero rescatar mi valoración de la noción de utopía, mi respeto por los que la alimentan y enriquecen y mi repudio más sincero para quienes se valen de esa idea con el fin de devaluar culaquier propuesta realista y genuina.
Toda esta introducción intenta definir algunos valores que tienen relación con lo registrado en una asamblea pública realizada el viernes 9 de abril en la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires.

El caso Di Tella
No tiene demasiado sentido extenderme en los nutridos antecedentes de la cuestión. Muy en síntesis, se trata de lo siguiente:
Sobre la Avenida Figueroa Alcorta, de la mano izquierda para los que avanzan por la misma, se yergue un gran edificio abandonado. Es el antiguo,depósito de Obras Sanitarias de la Nación, una construcción vigorosa y digna, de buenas proporciones, que fue desactivada hace muchos años y que formó parte del patrimonio nacional hasta que -por un convenio entre la Nación y el Gobierno de la Ciudad (todavía Municipalidad de Buenos Aires)- se resolvió llamar a licitación para refuncionalizarlo con fines "educativos y culturales".
Se presentaron varias universidades privadas (puedo recordar a la Universidad de Belgrano, la de Ciencias Empresariales y Sociales-UCES y la Universidad Di Tella, entre otras), las que prepararon sendos proyectos con sus respectivas propuestas económicas. Resultó ganadora la propuesta de la Universidad Di Tella sobre la base de un proyecto realizado por el arquitecto Clorindo Testa.
El proyecto de referencia se distingue por su absoluto respeto por la superficie existente (a punto tal que no la modifica en lo más mínimo) y la volumetría en general. Incluso, al generar una suerte de "claustro universitario" en el contrafrente, cede al uso público un espacio verde al que se añade el ingreso al auditorio, el museo temático y las salas de exposición. Se origina de este modo un Centro Cultural como aporte al vecindario, el que podrá utilizarlo para conferencias, conciertos, debates y actividades artísticas y culturales en general.
Una gran superficie abierta anexa al depósito de O.S.N. ya fue cedida como espacio verde público.
Pues bien, ahora llega el momento de vincular las dos cuestiones enunciadas más arriba: la utopía y el proyecto Di Tella. Porque, según los adversarios de este último, el predio debe convertirse en "espacio verde" (lo que aparentemente implica la demolición del edificio existente) y más tarde, pasaron a reclamar que fuera destinado -el edificio- a usos públicos, argumentando que una universidad privada contraviene lo previsto en el convenio entre la Nación y el Gobierno de la Ciudad.

Un debate positivo
Como la Legislatura porteña aprobó por unanimidad el proyecto oportunamente presentado por la Universidad Di Tella, se convocó a una Audiencia Pública para el viernes 9 de abril. Había más de setenta oradores inscriptos, lo que, a razón de cinco minutos para cada uno, presagiaba una larga y demoledora jornada.
Sin embargo no fue así, porque afortunadamente hubo muchos vecinos que se limitaron a acordar con los precedentes, marcando sus puntos de coincidencia y su voto (que fue, por abrumadora mayoría, favorable al proyecto aprobado por la Legislatura). Hubo, no obstante, opiniones basadas en la "defensa de las utopías" -absolutamente legítimas- que abogaban por la demolición lisa y llana, el traslado de la Universidad Di Tella "del otro lado de Lugones, junto con la otra Universidad", o por un difuso destino del edificio "según lo decidan los vecinos".
El arquitecto Guerrica Echeverría, que fue el primer orador que habló en la audiencia, se refirió a un artificial conflicto entre vecinos, lamentable según su manera de ver. Se trataba de la divergencia planteada entre los que están a favor del establecimiento en el lugar de una universidad (con el proyecto de Testa, un buen edificio con servicios culturales para el barrio) y aquelos que se oponen al mismo.
Si he de juzgar por lo escuchado en la reunión del viernes, no tengo duda alguna (oídos los vecinos directos del predio, aquelos que viven frente mismo al terreno) en cuanto a las ventajas del proyecto Di Tella. Salvo la ininteligible argumentación de una señora, que señaló la angustia con que debía guardar su auto en el garage los días de partido en River o los de algún recital de rock, "y no quería una universidad por añadidura", todos los vecinos votaban a favor de un instituto de altos estudios en Ciencias y Artes que se vuelca prioritariamente a la investigación.
Por otra parte, los que conocen al estudiantado de esta universidad, instalada en la calle Miñones, muy cerca del futuro emplazamiento, saben de lo silencioso y cultivado del grupo juvenil que lo integra. No tenía relación alguna con las barras amenazantes que alarmaban a la señora que habló.
En mi muy breve intervención, como ciudadano interesado en el futuro inmediato (más allá de las bienvenidas, pero en este caso inaceptables utopías de algunos colegas), recordé a los vecinos del Barrio River -insólitamente preocupados por la presencia de un centro universitario de alto nivel, mientras soportan sin queja campeonatos y recitales multitudinarios- que el ejemplo paradigmático de residencia de este siglo, la Robie House de Frank Lloyd Wright, está situado en Chicago sobre una esquina separada, verde por medio, de las construcciones de la Universidad de Chicago. Lo que en ningún momento redujo su valor, ni arquitectónico ni inmobliario, todo lo contrario.
La oposición sistemática, por la oposición misma o por la sospecha de negocios turbios, incluso en vista de una inversión provechosa para el barrio, resulta a mi modo de ver inconducente y regresiva. Por eso me pareció interesante participar de un debate abierto en el que prevaleció la sensatez de quienes prefirieron un planteo válido para el vecindario -y la ciudad toda- antes que la demanda de "espacios verdes" sin uso determinado.


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