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La nueva sede de la AMIA
Arq. Luis J. Grossman

Imágenes
Gentileza: Diario La Nación
Fotógrafo: Marino Balbuena

Una decisión trascendente,
que provocó más de una polémica,
resolvió edificar la sede de la
entidad mutual judía de la
Argentina en el mismo solar que
ocupó el edificio volado en 1994.

Este es un dato vital y un hecho cargado de simbolismo: la flamante sede de la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA) está en la calle Pasteur 633, domicilio desde el cual arrancó hace cinco años una explosión que destruyó su edificio y dió muerte a 86 personas.
Ahora que se alza en el lugar una construcción que revela solidez y firmeza -con una inevitable referencia al ave Fénix- viene al caso un repaso al proceso que llevó al nuevo edificio que será a partir de ahora el asentamiento de varias entidades representativas de la comunidad.
Cuando era presidente de la AMIA el señor Alberto Crupnikoff, se realizó una selección de antecedentes, y el Comité de Reconstrucción (que presidía por entonces el ingeniero Luis Perelmuter) decidió encomendar el anteproyecto a un equipo integrado por los arquitectos Alberto Brystowicz, Luis B. Erijimovich, León Gradel - Leo Kopeiloff, Luis & Julio Grossman, Horacio Najlis - Nora Wolaj, Jorge Sumbre, Carlos Szlak, Alfredo Szmulewicz, y Gustavo y Leonardo Zaietz.

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El asesoramiento y cálculo estructural corrió por cuenta del ingeniero Alberto Fainstein y Asociados, el ingeniero Israel Grinspun fue asesor en electromecánica y el ingeniero Simón Skigin lo fue en aire acondicionado. El arquitecto Juan Carlos Masip fue asesor en luminotecnia y los arquitectos José Saragusti y A. Sturm tuvieron a su cargo el equipamiento y la realización del auditorio.
El arquitecto Luis J. Grossman, que respondió a las preguntas referidas a este largo proceso de casi cinco años, destaca que los integrantes del equipo de proyecto tuvieron que ajustarse a las rigurosas normas de seguridad emanadas de organismos especiales y que, inevitablemente, condicionaban las posibles soluciones proyectuales como premisas inamovibles.
Se adoptó como propuesta básica la trazada por el arquitecto Alfredo Szmulewicz y se adecuaron los planos definitivos a una ampliación surgida por la anexión de un lote lindero situado a la derecha del edificio original. El proyecto ejecutivo y la documentación final fueron encomendados al estudio Luis & Julio Grossman, arquitectos, en tanto que la dirección de obra corrió por cuenta del arquitecto Luis B. Erijimovich.
A raíz del fallecimiento, ocurrido hace dos años, del arquitecto Julio Grossman, la última etapa de la obra estuvo a cargo del arquitecto Luis J. Grossman y Asociados.
Durante los últimos cuatro años, el Comité de Reconstrucción de la AMIA fue presidido por el ingeniero Moisés D. Altman y lo integraron los ingenieros Aarón Warsawski, Carlos Yablonovsky, Miguel Bruckner, Efrahim Rebrij y Felipe Kompel, y el doctor Daniel Berger. Colaboraron activamente en la etapa terminal el ingeniero Leonardo Chullmir y el señor Mois Zeitune con el impulso institucional de Oscar Hansman desde la presidencia de la AMIA y Enrique Burbinski como gerente operativo.

El edificio

Todos los nombres mencionados se justifican largamente ya que, por las especialísimas características de una construcción que dependía de un complicado y variable flujo de fondos, el edificio tuvo momentos de rápido avance y períodos de muy lenta evolución.
El programa de necesidades era semejante al de la sede destruida por el atentado de julio de 1994, con una superficie de alrededor de 8.000 metros cuadrados cubiertos, distribuidos en dos subsuelos, la planta baja de acceso y ocho pisos altos.
Virtualmente la mitad de la superficie total esta destinada a las actividades culturales que son parte esencial en el accionar de la entidad. Y como esas funciones movilizan la mayor cantidad de público, se decidió destinar a las áreas de carácter cultural la parte baja del edificio.
El auditorio, con cerca de 250 butacas y lugar para minusválidos, está en el primer subsuelo, lo mismo que la biblioteca, el depósito de libros y el microcine. El museo de la comunidad judía se ubica en un medio nivel por debajo de la cota del acceso principal.
En un medio nivel por encima del gran hall de acceso se sitúa la cafetería, que funciona como área de transición entre la zona cultural y los sectores administrativos y asistenciales del organismo mutual, que ocupan los ocho pisos altos del nuevo edificio.
Como toda la planta baja carece de ventanas, los proyectistas decidieron diseñar una iluminación indirecta mediante artefcatos especialmente proyectados para lograr un efecto de luz ambiental sin brillos, que se refleja en paredes y cielorrasos.

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Las especificaciones de seguridad, además de separar la fachada 15 metros de la línea de edificación, establecían una relación muy rigurosa de llenos y vacíos para los frentes del edificio. Por lo tanto, los arquitectos optaron por utilizar de modo positivo esa restricción, proyectaron una modulación sobre la base de un cuadrado de 80 x 80 centrímetros que caracteriza el frente y contrafrente, con un módulo análogo en la fachada lateral que mira al Norte. Hay una diferencia: en el frente y contrafrente los cristales están al filo exterior, mientras que en el frente que se orienta al Norte las ventanas están a filo interior del muro de hormigón.
La separación de la calle del bloque edificado permitió dejar a la vista las huellas del viejo edificio, las que se conservan sobre la medianera derecha y son parte importante del marco que rodea a la nueva plaza seca con un lenguaje colorido y abstracto.
Ante el comentario periodístico, que gusta detenerse en lo que llama "arquitectura bunker", el arquitecto Grossman responde que la intención de los proyectistas fue mitigar el efecto de encierro o de obsesiva seguridad, y percibe que tal efecto se ha logrado. Al caminar por los espacios del gran hall se reciben sensaciones de serenidad y confianza a las que se añaden un equilibrio formal que emana de los materiales, texturas y colores utilizados.
Las oficinas y despachos, que tienen una doble fila de ventanas (por la ya aludida adopción de aberturas de 80 x 80 cm.), tienen muy buena iluminación y vistas del contorno.
Por fin, los arquitectos señalan que el paso por un espacio a cielo abierto antes de ingresar en el edificio, servirá para siempre como una recordación del lúgubre episodio de 1994. Sin embargo, no impedirá que la vida siga desplegándose con la fuerza y la espiritualidad que caracterizaron al pueblo judío a lo largo de milenios.


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