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Carlos Raúl Villanueva
Paulina Villanueva, arquitecta
El Nacional online
Caracas, 27/05/00

La razón de ser de toda su vida fue la arquitectura. A todos los que le conocieron, aún sus familiares más cercanos, les ha sido imposible disociar alguna vez al hombre del arquitecto; él mismo, en sus cartas y documentos personales, tenía por costumbre reafirmar esa unión indisoluble llegando muchas veces simplemente a autonombrarse El Arquitecto. En este número dedicado a Villanueva, Papel Literario reúne a familiares, amigos y colegas, para acercarse a la vida y obra de este insigne constructor y artista.


Su relación primera con la arquitectura fue un tanto casual. En su familia no existía tradición en esta profesión, su abuelo paterno Don Laureano Villanueva, fue médico cirujano, pero tuvo una fuerte inclinación por la política y la historia, llegando por ello a ocupar las más diversas posiciones públicas; su padre Carlos Antonio Villanueva, aún cuando cursó estudios de ingeniería en la Escuela de Minas de París, nunca ejerció la profesión y se desempeñó como diplomático en varios países europeos, inclinándose también por el estudio de la historia, y desempeñándose como Cónsul de Venezuela en Londres para el momento en el que nace su último hijo, Carlos Raúl, el 30 de mayo de 1900.

Quien abre una primera puerta hacia la arquitectura es su hermano Marcel, quien estudia en la Escuela de Bellas Artes de París en el Taller Héraud, donde más tarde cursará también sus estudios Carlos Raúl. Con idéntica cuna e igual formación, el destino no podía ser más divergente para ambos hermanos, Marcel se radica en Estados Unidos y viene a Venezuela en contadas ocasiones, realizando una arquitectura convencional dentro de los patrones norteamericanos; Carlos Raúl por el contrario se lanza en búsqueda de lo nuevo y al encuentro de su propia historia, en Venezuela, un país joven que será territorio fértil para su arquitectura.

Su formación en la Escuela de Bellas Artes de París fue el cimiento sólido sobre el cual levantó Villanueva toda su obra; más allá de la banalidad de los temas propuestos por la academia o de sus condicionantes estilísticas, hay que resaltar lo esencial, lo sustantivo: su formación en el oficio, en el ejercicio creativo del proyecto, apoyado siempre en una vasta formación histórica. Pensar dentro de un orden, de acuerdo a unos principios lógicos y racionales, ver la esencia de las cosas más allá de su apariencia, entender los problemas y las relaciones existentes con el contexto en el que los mismos se sitúan, dominar todas las escalas de proyecto y hacer de la arquitectura construida una fuente de conocimiento, fue parte de la enseñanza recibida.

Pero, más allá de su formación, al hablar de Villanueva como arquitecto el rasgo más significativo es haber construido sin descanso, aceptando y superando las contradicciones inherentes al oficio y al medio en el cual le correspondió actuar. Considerándose a sí mismo más un hombre de acción que de palabra, el hacer arquitectura se convierte en su necesidad imperiosa; fue una actividad cotidiana para la que no tuvo límites. Es en el estudio en conjunto de su obra, desde las más importantes y conocidas hasta las más pequeñas y anónimas, donde reside un verdadero acercamiento a su dimensión como arquitecto.

En 1928, una vez concluidos sus estudios, Villanueva se radica definitivamente en Venezuela dando inicio a su carrera profesional durante la dictadura de Juan Vicente Gómez, trabajando como arquitecto a las Ordenes del Ministerio de Obras Públicas, organismo del Estado para el cual realiza un trabajo significativo. Sus primeros trabajos los realiza en la ciudad de Maracay, sede para ese momento del poder central. Venezuela era un país pobre, en el que poca o ninguna idea se tenía de lo que era un arquitecto, pues la figura del ingeniero había prevalecido hasta entonces en el ámbito de las obras públicas. Villanueva comienza una labor anónima realizando las obras más diversas, hasta que recibe un primer encargo de importancia, la construcción del Hotel Jardín, que se convirtió en el centro de vida de esa ciudad.

Durante este primer periodo comienza a sufrir los avatares de la politica venezolana, muy dada a las improvisaciones, a los cambios de última hora, a la construcción con premura y muchas veces sin proyecto ni planos. Pero su vocación ya está definida y su trabajo se guiará siempre por la idea enraizada que poseía de la arquitectura entendida como hecho social por excelencia, razón por la cual trabajará sólo para el Estado, dejando de lado el ejercicio privado de la profesión. Acepta las condiciones que el medio cultural venezolano le impone pero por las noches, una vez concluido el trabajo diario, lee con fervor a sus compañeros los libros que trajera consigo desde París; son los textos publicados por Le Corbusier, cuyo llamado en favor de una arquitectura nueva ha hecho ya suyo.

Será sin embargo, un primer encargo privado y de corte netamente académico, la Maestranza de Maracay, el que marcará su aceptación definitiva como arquitecto dentro del medio venezolano. Entre 1935 y 1938 proyecta y construye la que será su primera obra reconocida en Caracas: el Museo de Bellas Artes. El esquema inicial del museo fue sencillo, tomando en consideración que se comenzó a construir compulsivamente, sin proyecto y con el único fin de generar ocupación y empleo, al iniciarse el gobierno del General López Contreras. Se le pidió a Villanueva que iniciara de inmediato la construcción de un edificio público: un museo localizado en la entrada del Parque Los Caobos. A partir de ese momento el arte y la ciudad comienzan a ser inseparables de su arquitectura.

Villanueva tenía una sensibilidad particular hacia las artes plásticas, cultivada a partir de su compenetración con el Movimiento Moderno; basta una revisión de su biblioteca para apreciar que en ella los libros y publicaciones de arte compiten con los de arquitectura o, mejor aún, ver el universo particular con el cual se rodeaba en sus casas, plenas de la más calificada representación de las vanguardias artísticas de su tiempo, y testimonio de su amistad con buena parte de los artistas con los que compartió su labor creadora.

No resulta extraño entonces que museos y pabellones de exposición ocupen un lugar destacado dentro de su obra y que, desde el Museo de Bellas Artes hasta el Museo Soto de Ciudad Bolívar, se pueda trazar una línea clara de reinterpretaciones sobre el mismo tema. La idea de trabajar a favor de una síntesis de las artes será, desde temprano, uno de los ejes fundamentales de su trabajo arquitectónico, idea que cristalizará de manera singular en su mayor y más público museo: la Ciudad Universitaria de Caracas. Y es precisamente en esta obra, a la que dedicó cerca de 25 años de trabajo ininterrumpido, donde hallamos expresadas sus ideas más preciadas en torno a la arquitectura, el arte y la ciudad. Como arquitecto moderno, Villanueva también trabaja exhaustivamente el tema de la vivienda y entre 1941 y 1957, en el Banco Obrero, realiza proyectos de vivienda popular dentro de un vasto programa en el que participa diseñando prototipos y unidades vecinales y cooperativas de vivienda, haciendo realidad uno de los ideales más preciados de la arquitectura moderna: la innovación en el campo de la habitación dentro de una nueva concepción de la forma urbana. La reurbanización de El Silencio marca sólo el comienzo de una dilatada trayectoria que abarca desde la vivienda unifamiliar hasta el superbloque y los grandes conjuntos habitacionales.

Ya en El Silencio se evidencia que la historia de la ciudad hispanoamericana y la arquitectura colonial y popular venezolana, pasan a ser objetos de atención constante para Villanueva y, cuando publica en 1950 La Caracas de ayer y de hoy, lo hace como testimonio de reconocimiento a la permanencia de principios y normas que prevalecieron en esa arquitectura y que denotaban su sencilla sabiduría para adecuarse a condiciones ambientales y culturales particulares. A partir de ese momento comienza a evidenciarse más claramente en su arquitectura la incorporación de elementos pertenecientes a nuestra tradición constructiva, reinterpretados y yuxtapuestos a elementos provenientes del pensamiento moderno, y que comienzan a establecer un diálogo fecundo en el que, a pesar del sustancial peso de su formación europea, Villanueva encuentra sus raíces venezolanas, lo que se transforma en dato primero para la elaboración de su arquitectura.

Pero si deseamos comprender lo esencial del trabajo de Villanueva como arquitecto, debemos entender que el acento está puesto en el espacio interior, entendido como principio y fin del trabajo arquitectónico. Hombre y espacio en interacción constante, en una arquitectura que reivindica la utilidad como valor primero, la solidez entendida más allá de lo puramente constructivo y la belleza como cualidad indispensable, asociada a un lenguaje rico en estímulos visuales derivados de la luz, el color, el material, la textura, la transparencia, la opacidad y el reflejo; en definitiva un espacio complejo y activo, proyectado siempre como escenario para la vida del hombre.


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