 |
 |
El fervor de los lores
LUIS FERNANDEZ-GALIANO
El Pais Digital 04/07/99
El mundo habla del efecto Bilbao, pero los británicos siguen enamorados de Barcelona. La
flecha de fuego que abrió los juegos olímpicos del año 92 encendió también un
incendio de entusiasmo por el diseño catalán, y en ningún país prendieron las llamas
con tanto vigor como en el Reino Unido.
Hace diez días los arquitectos británicos entregaron a Barcelona una medalla que, desde
su creación en 1848, se había concedido sólo a miembros destacados de la profesión; y
ahora se hace público un informe sobre el planeamiento urbano que incita a las ciudades
británicas a aprender de Barcelona. Tras estas manifestaciones se hallan dos arquitectos
y antiguos socios que figuran entre los pares del Reino: Lord Foster, cuyo acceso a la
nobleza se incluye en la última lista de honores de la Reina; y Lord Rogers, cuyo título
le fue concedido hace dos años a instancias del Partido Laborista. Norman Foster, que
formaba parte del jurado que otorgó el galardón a Barcelona, profesa una amistad a
Pasqual Maragall que se inició con la construcción de la torre de Collserola, donde el
británico celebró su 60 cumpleaños el mismo día de las últimas elecciones municipales
ganadas por el hoy ex alcalde; y Richard Rogers, autor del informe urbano que propone
Barcelona como modelo, se ha convertido en el asesor áulico en materia arquitectónica
del nuevo laborismo de Tony Blair, deseoso de rediseñar la imagen de marca del país, y
que ha encontrado perfecta sintonía con el que fuese el más elocuente crítico del
tradicionalismo del príncipe Carlos.
Foster ama tanto Barcelona que, cuando en el verano de 1996 el Congreso de la Unión
Internacional de Arquitectos celebrado en la ciudad se precipitó en un inesperado colapso
organizativo, tomó la iniciativa de telefonear al alcalde para improvisar un plan de
rescate, y en compañía de Maragall puso en marcha una colosal asamblea al aire libre que
cambió el clima de la reunión. Y Rogers admira tanto la ciudad que, aun habiendo
conseguido para su oficina el más codiciado encargo madrileño, la nueva terminal del
aeropuerto de Barajas, aparta toda diplomacia y no se recata de afirmar a un periódico de
la capital española que Madrid está muy rezagado, mientras Barcelona está
experimentando "el renacimiento más importante del mundo occidental". Con esos
abogados puede entenderse mejor el fervor británico por la capital catalana, que muchos
ven como un laboratorio donde se han ensayado las recetas urbanas de la nueva izquierda
europea: en vísperas de la llegada del laborismo al poder, Foster y Rogers organizaron en
un cine una asamblea de varios miles de arquitectos, con el exclusivo propósito de
escuchar a dos oradores: Tony Blair... y Pasqual Maragall. Y si a todo esto unimos la
victoria del catalán Enric Miralles en el concurso del Parlamento Escocés, y la del
Manchester United en el Nou Camp, el sinérgico resultado es una ebullición emuladora de
la que recientemente daba cuenta The Economist: a los que llegan a Glasgow les saluda un
cartel que atribuye a la ciudad "la latitud de Smolensk y la actitud de
Barcelona"; las autoridades de Manchester quieren hacer de ella "la Barcelona
del norte"; y los urbanistas de Leeds proponen ejecutar una batería de
"proyectos barceloneses". El mundo puede seguir hipnotizado por Bilbao, pero la
rosa de fuego nada tiene que envidiar de una flor de titanio.
|