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Xul Solar en el MNBA
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Hombre versado en todas las
disciplinas, curioso de todos los arcanos, padre de escrituras, de lenguajes, de utopías,
de mitologías, huésped de infiernos y de cielos, autor panajedrecista y astrólogo,
perfecto en la indulgente ironía y en la generosa amistad, Xul Solar es uno de los
acontecimientos más singulares de nuestra época. Hay mentes que profesan la probidad,
otras, la indiscriminada abundancia; la invención caudalosa de Xul Solar no excluye el
honesto rigor. Sus pinturas son documentos del mundo ultraterreno, del mundo metafísico
en que los dioses toman las formas de la imaginación que los sueña. La apasionada
arquitectura, los colores felices, los muchos pormenores circunstanciales, los laberintos,
los homúnculos y los ángeles inolvidablemente definen este arte delicado y monumental.
El gusto de nuestro tiempo vacila entre el mero agrado lineal, la transcripción emotiva y
el realismo con brocha gorda; Xul Solar renueva, a su modo ambicioso que quiere ser
modesto, la mística pintura de los que no ven con los ojos físicos en el ámbito sagrado
de Blake, de Swedenborg, de yoguis y de bardos.
Jorge Luis Borges
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Xul Solar y la
angustia como liberación de lo finito
Por Jorge Glusberg
Director del Museo Nacional de Bellas Artes
Fue Horacio, a fines del
siglo I a.C., quien declaró a la pintura el equivalente de la poesía (ut pictura
poesis), noción tan rebatida como aceptada, hasta hoy. Sin embargo, en Xul Solar hay
un poeta que pinta y un pintor que poetiza, frente a los arcanos del tiempo y el espacio,
el hombre y el universo, el alma y el cuerpo, con el afán de develarlos.
Ocho momentos se distinguen en su obra. El primero de ellos, que dura hasta 1917, es
todavía figurativo, con reminiscencias del art noveau, según se aprecia en Angeles,
Anunciación y San Francisco, ejecutados entre 1915 y 1917.
A partir de Sol herido (1918), abandona esa especial manera figurativa e inicia sus
investigaciones en formas geométricas y humanoides: Troncos (1919), Los cuatro
(1921); Barco de Isis y Añoro Patria (ambas de 1922). Los seres y objetos,
tratados esquemáticamente, se acompañan de escaleras, flechas, números, letras,
palabras, con algunos toques poscubistas (Angel del Karma, Homme das serpent,
Jefe de sierpes y Pareja, 1923; Cintas, Séxtuple y Una
Pareja, 1924).
En este momento, que se extiende hasta 1924, hay incursiones por el regionalismo
latinoamericano, pre y poscolombino, como en Nana Watzin (1923); en León y
en Casa Colonial (ambas de 1924). El espacio, en las acuarelas de Xul Solar, es
mental o imaginario, y lo seguirá siendo a través de sus varias etapas. Pero en ciertas
oportunidades, como en Escena (1924), las imágenes, que conservan una orientación
figurativa, nos hablan de un mundo de apariencia real (columnas, techumbres, farolas,
selvas, un diminuto personaje femenino con vestido largo y capa), pero construido y
diseñado por el artista. La búsqueda de gamas sutiles, el asombroso juego de los
colores, las refinadas transparencias, la soltura de la composición, se unen para otorgar
al conjunto de cada cuadro una riqueza plástica excepcional.
El tercer período, 1925-30, se caracteriza por el movimiento de los seres y las cosas y
la profusión de símbolos: estrellas de David, cruces gamadas budistas, cruces
cristianas, banderas, semicírculos, triángulos, cintas, peces, lunas. Se mantiene el
esquematismo para las figuras humanas (las cabezas son círculos vacíos, los cuerpos son
rectángulos, las extremidades son rectas) y para ciertos episodios naturales. De esta
época datan: Ronda y Pupo en el aire (1925); San Danza (1926); Otro
dragón (1927) y Manifiesto (1929). La cuarta etapa, 1931-40, ofrece anticipos
de las siguientes (País, 1931; País duro en noche clara, 1933), y
estribaciones de la anterior (Bosque y Yogui, 1931; la estupenda serie Mestizos
de avión y Gente, 1935, con sus hombres-máquinas voladores; y Grafía
antigua, 1939).
En el quinto período, 1941-1946, Xul Solar renuncia al color y trabaja en blanco y negro.
Las formas, liberadas de todo efecto visual, se definen más y más por su arquitectura:
son paisajes, urbanos y campestres, en los cuales el ser humano aparece como tal y
también encarnado en ciertos accidentes orográficos: Cavernas de troncos (1944), Casi
plantas, Rocas ya vivas, y Ciudá y abismos (todas de 1946). En la sexta
etapa, 1947-50, que en verdad prolonga y afianza la quinta, reincorpora el color. Las
obras de entonces, tal vez las más difundidas, son estampas de una geografía inédita:
raras montañas ondulantes, terminadas en picos puntiagudos, y en las que se reiteran
edificios y caminos; los edificios suponen fortificaciones o templos, y por los caminos
ascienden hombres comunes, quizás guerreros o sacerdotes (País lejano y Montes
diáfanos con villa, 1948; Kince kioscos, Sierras, Ruinas limpias,
Torres en guardia y Montes de nueve torres, 1949, son las más
representativas de este ciclo).
La séptima fase, 1951-58, está dedicada a los retratos y los proyectos arquitectónicos
para el Tigre; y la octava y última, 1959-62, la de sus escrituras pictóricas. En estas
acuarelas, los signos y las formas constituyen un alfabeto; en cada obra, compone palabras
o frases, para que sean leídas en conocimiento de la clave semántica. Sin embargo, esta
clave resulta accesoria frente a las cualidades artísticas: fantasía, originalidad de
las imágenes y dominio asombroso del color. |